LA CUEVA DE BELLAMAR
Tesoro de estalactitas
el ojo ve solamente lo que quiere el ojo.
Un millón de años hay en la semipenumbra
y la mirada recién empieza a acostumbrarse.
En la caverna, apenas,
resplandecen los riscos
por el tenue temblor
de una luz casi nocturnal bajo la tierra.
No buscamos oro
sí peñascos
el oro penetrará en nosotros
cuando atesoremos los recuerdos.
Interior. El cuerpo humano pasa a ser
una figura más en el conjunto.
Las piedras sostienen nuestos pasos
y los pañuelos juntan
la prehistoria en sus guijarros.
Pie despacio y de soslayo prueba
el agua grácil.
Son apenas las diez de la mañana
y sin embargo la paciencia
de estas gigantescas esculturas
avalan el misterio
y nos hacen creer que ha atardecido
en este tiempo inmóvil de la cueva.
Una edad congelada
al fondo de la tierra
mientras afuera bailan.
Los años labraron galerías
adentro del vacío.
Ese será el tiempo donde
vive Dios y sobre las mesas
la comida es danza.
Escenario de una postal mestiza
en la que restan clausurados
para siempre
el viaje
y esas puertas
que nunca hemos abierto
para poder decir después
de la visita
que el ojo no vio nada.
II
Medusa, anémonas
corales
son más complejas
que una esponja.
Hay una niña que se mueve
en el agua
y su columna imperfecta
elude
bocas rodeadas por tentáculos
y células
urticantes.
Elude
perfecta
en esta perfecta tarde del trópico
la nerviosa hazaña
del gatillo
de un cnidoplasto
sobre la postura
de sus vértebras
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